Días de radio (memorias paleoelectrónicas)
Tenía este invento en hibernación desde hace varios meses por falta de inspiración, de ganas, de tiempo... o de las tres cosas a la vez. El caso es que hace tiempo que pensaba como darle la puntilla final; no me gusta dejar flecos sueltos y casos abiertos. Yo no sé cuantos miles de blogs se abren al día en el mundo, pero me gustaría saber cuantos se cierran.
Pero a lo que vamos: que colgó mi amigo, colega y admirado artista Manuel Pérez Báñez (@ManuElPielRoja en Twitter) una foto en Instagram que me revolvió algunos posos de la memoria, de esos que llevan tantas capas de vida encima que solo algo realmente significativo y bello es capaz de remover y sacar a la luz de la mente consciente: esa foto... esa radio... la misma de mi casa, de mi infancia. Ya de entrada y sin pasar a mayores, es bonito saber que un amigo al que admiras por su actitud ante la vida, ante la educación, ante el arte, tiene grabada en sus neuronas imágenes y sensaciones tan parecidas a las tuyas, vinculadas a una niñez sin televisión aún, solo tu familia y esa radio Telefunken.
Porque efectivamente, es esta misma radio la que aparece en vagos y desvaídos recuerdos de mi infancia: una habitación poco iluminada, mis padres, mi abuela, mi tía y muchos hermanos y hermanas arremolinados alrededor de un silencio solemne que solo la voz de un locutor rompe para anunciar que el papa Juan XXIII ha muerto. Y mi abuela y mi madre rompen en lágrimas y se produce una tensión en el ambiente que yo, un niño aún, no alcanzo a comprender del todo, pero si lo suficiente para darme cuenta de que había muerto alguien muy querido para muchos.
Y antes y después de eso mucho más, claro: las señales horarias de RNE a la hora de la cena, las radionovelas o seriales, como les llamaban entonces, con Matilde, Perico y Periquín, las zarzuelas que le gustaban a mi padre, las rancheras y boleros que le gustaban a mi madre y el Dúo Dinámico, por supuesto, que era el que nos gustaba a la prole.
Y en eso llegó la caja tonta, bien avanzados ya los 60, en blanco y negro con dos canales: VHF y UHF, así que mi querida Telefunken poco a poco fue relegada y cada vez sonaba menos y cogía más polvo. Creo que fue a partir de entonces que le pedí a mi padre llevármela al cuarto que compartíamos cuatro hermanos, para escuchar música. Y mi padre dijo que sí, seguramente porque ya notaba un gusanillo "pretecnológico" que se despertaba en mí y andaba todo el día leyendo cosas sobre aparatos y montando mi primera radio de galena con unos auriculares negros de baquelita que compré en una tienda de reparación de radio y TV de la calle Sagasta y para los cuales invertí seguramente la paga de uno o dos meses. Éramos pobres y familia numerosa, la paga escasa y yo aprendí pronto a pasar de chuches y a ser una hormiguita porque tenía bastante claro lo que me gustaba.
Además, tener la radio en mi cuarto era abrir la puerta a una de mis pasiones favoritas: destripar aparatos y averiguar que se puede hacer con ellos, así que no tardé mucho en sacar conclusiones de la información que me ofrecía su rejilla trasera:
¡Tenía una conexión para enchufarle un tocadiscos! Yo no tenía entonces ningún disco ni dinero para comprarlos, pero mis hermanos y hermanas mayores sí, y además el tocadiscos "estereofónico-no-va-más" de uno de ellos me estaba rigurosamente vedado. Dejar caer el brazo con la delicada aguja sobre el vinilo era considerado práctica de riesgo en aquellos tiempos, que no estaban los bolsillos para derrochar en discos rayados o en agujas despuntadas. Así que ahora tenía la posibilidad de tener mi propio equipo de música para escucharlo cuando yo quisiera, solo me faltaba el plato... y el dinero para comprarlo, claro. Por aquella época estudiaba bachillerato y a veces daba clases particulares a algunos chavales de la Escuela Hogar de la que mi tía era directora, tenía 14 o 15 años y ya me sacaba unas perrillas con las que pagarme estos pequeños vicios. Así que una nueva visita a la tienda de los auriculares me brindó la oportunidad de conseguir un fantástico Dual 430 de segunda mano y en muy buen estado (gracias Google por encontrarme la foto, que a este si que le perdí el rastro hace muchas décadas).
¡Pues ya tenía tocadiscos! y aún me parece recordar las caras de incredulidad de algunos hermanos cuando veían y escuchaban mi invento y es que siempre fui un poco el freaky de la familia. Desde luego aquello sonaba como tenía que sonar, a radio en banda de AM, ni graves ni agudos ni leches, pero menos daba una piedra...
Y empezaron a llegar los primeros discos, de los Beatles casi siempre, porque era fan absoluto y ya andaba por aquella época intentando sacar canciones de oído con la guitarra de mi hermano, pero fue precisamente esa creciente pasión por la guitarra la que precipitó el final de la protagonista de este relato. Porque mi sueño era una guitarra eléctrica, a ver si no, pero eso era un lujo en aquella época que muy pocos podían permitirse. O sea que empecé a investigar como "electrificar" la guitarra española de mi hermano, que ya era casi mía, porque él se había echado novia y andaba entretenido tocando otras cosas.
De mis devaneos con la electrónica ya sabía a ciencia cierta que necesitaba algún tipo de micro o fonocaptor para acoplarlo a la guitarra. El amplificador ya se imaginan cual era: la radio, claro. Estuve probando con las cápsulas de micrófonos rotos que encontraba por tiendas, talleres o mercadillos, pero no daban el resultado apetecido, necesitaba algo que pudiera acoplar directamente al puente de la guitarra para que recogiera sus vibraciones y transmitiera un buen nivel sonoro a la radio que tenía una potencia muy reducida como amplificador. Así que un día, jugueteando con un sencillo auricular de un transistor de radio, me puse a pensar y llegué a la evidencia de que no era más que un micro al revés: una membrana con una bobina eléctrica que traducía en sonido la corriente que le llegaba del transistor. Pues si lo conecto a la radio, pensé, traducirá en señal eléctrica los sonidos de la guitarra como un micrófono. Dicho y hecho, le soldé las clavijas necesarias en el minúsculo cablecillo que tenía y rebajé bien el auricular de plástico con una lima hasta dejarle la membrana visible y solo a unos milímetros para que tuviera buen contacto con la guitarra. Lo fijé al puente con plastilina, lo conecté a la Telefunken y ¡tachán!... aquello sonaba. ¡Ya tenía guitarra eléctrica!
Describir como sonaba exactamente me resulta difícil ahora; digamos que cualquier parecido con el sonido de una guitarra era pura coincidencia, pero tenía volumen que es lo que yo quería. Así que entre las risas y burlas de la familia, yo empecé a emular a George Harrison y a Eric Clapton... hasta que la cosa hizo crac. Efectivamente, los picos de sonido de la guitarra eran demasiado fuertes para el altavoz de la radio y literalmente se rajó; me la cargué, vaya.
Aquello no fue ningún tipo de drama familiar. La radio Telefunken ya era mía a todos los efectos porque solo yo la usaba y el fastidio fue para mi, que me quedé sin tocadiscos y sin ampli de guitarra. Intenté buscarle, sin éxito, un altavoz que le sirviera así que acabó arrumbada en el cuarto de los tiestos porque ya tenía en proyecto conseguir una guitarra eléctrica de verdad, pero eso es otra historia...
Al morir mi padre, hace ya más de 20 años, le dije a mi madre que quería conservar conmigo su vieja cámara Kodak y la radio Telefunken que tantos recuerdos guardaba para mí. Y aquí está desde entonces, en casa, testigo de una niñez bastante gris y desvaída y de una adolescencia marcada por la música de unos años irrepetibles y grabada a fuego en todas y cada una de las neuronas que aún me quedan.
Postpost (si se me permite el palabro): con este pequeño relato autobiográfico doy por finalizado el negocio del cultivo de perlas, que no están los tiempos para lujos. Estoy en trámites para empezar otra cosa, más centrada en la música... les mantendré informados.








