Días de radio (memorias paleoelectrónicas)

Tenía este invento en hibernación desde hace varios meses por falta de inspiración, de ganas, de tiempo... o de las tres cosas a la vez. El caso es que hace tiempo que pensaba como darle la puntilla final; no me gusta dejar flecos sueltos y casos abiertos. Yo no sé cuantos miles de blogs se abren al día en el mundo, pero me gustaría saber cuantos se cierran.

Pero a lo que vamos: que colgó mi amigo, colega y admirado artista Manuel Pérez Báñez (@ManuElPielRoja en Twitter) una foto en Instagram que me revolvió algunos posos de la memoria, de esos que llevan tantas capas de vida encima que solo algo realmente significativo y bello es capaz de remover y sacar a la luz de la mente consciente: esa foto... esa radio... la misma de mi casa, de mi infancia. Ya de entrada y sin pasar a mayores, es bonito saber que un amigo al que admiras por su actitud ante la vida, ante la educación, ante el arte, tiene grabada en sus neuronas imágenes y sensaciones tan parecidas a las tuyas, vinculadas a una niñez sin televisión aún, solo tu familia y esa radio Telefunken.

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Porque efectivamente, es esta misma radio la que aparece en vagos y desvaídos recuerdos de mi infancia: una habitación poco iluminada, mis padres, mi abuela, mi tía y muchos hermanos y hermanas arremolinados alrededor de un silencio solemne que solo la voz de un locutor rompe para anunciar que el papa Juan XXIII ha muerto. Y mi abuela y mi madre rompen en lágrimas y se produce una tensión en el ambiente que yo, un niño aún, no alcanzo a comprender del todo, pero si lo suficiente para darme cuenta de que había muerto alguien muy querido para muchos.

Y antes y después de eso mucho más, claro: las señales horarias de RNE a la hora de la cena, las radionovelas o seriales, como les llamaban entonces, con Matilde, Perico y Periquín, las zarzuelas que le gustaban a mi padre, las rancheras y boleros que le gustaban a mi madre y el Dúo Dinámico, por supuesto, que era el que nos gustaba a la prole.

Y en eso llegó la caja tonta, bien avanzados ya los 60, en blanco y negro con dos canales: VHF y UHF, así que mi querida Telefunken poco a poco fue relegada y cada vez sonaba menos y cogía más polvo. Creo que fue a partir de entonces que le pedí a mi padre llevármela al cuarto que compartíamos cuatro hermanos, para escuchar música. Y mi padre dijo que sí, seguramente porque ya notaba un gusanillo "pretecnológico" que se despertaba en mí y andaba todo el día leyendo cosas sobre aparatos y montando mi primera radio de galena con unos auriculares negros de baquelita que compré en una tienda de reparación de radio y TV de la calle Sagasta y para los cuales invertí seguramente la paga de uno o dos meses. Éramos pobres y familia numerosa, la paga escasa y yo aprendí pronto a pasar de chuches y a ser una hormiguita porque tenía bastante claro lo que me gustaba.

Además, tener la radio en mi cuarto era abrir la puerta a una de mis pasiones favoritas: destripar aparatos y averiguar que se puede hacer con ellos, así que no tardé mucho en sacar conclusiones de la información que me ofrecía su rejilla trasera:

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¡Tenía una conexión para enchufarle un tocadiscos! Yo no tenía entonces ningún disco ni dinero para comprarlos, pero mis hermanos y hermanas mayores sí, y además el tocadiscos "estereofónico-no-va-más" de uno de ellos me estaba rigurosamente vedado. Dejar caer el brazo con la delicada aguja sobre el vinilo era considerado práctica de riesgo en aquellos tiempos, que no estaban los bolsillos para derrochar en discos rayados o en agujas despuntadas. Así que ahora tenía la posibilidad de tener mi propio equipo de música para escucharlo cuando yo quisiera, solo me faltaba el plato... y el dinero para comprarlo, claro. Por aquella época estudiaba bachillerato y a veces daba clases particulares a algunos chavales de la Escuela Hogar de la que mi tía era directora, tenía 14 o 15 años y ya me sacaba unas perrillas con las que pagarme estos pequeños vicios. Así que una nueva visita a la tienda de los auriculares me brindó la oportunidad de conseguir un fantástico Dual 430 de segunda mano y en muy buen estado (gracias Google por encontrarme la foto, que a este si que le perdí el rastro hace muchas décadas).

Plato

¡Pues ya tenía tocadiscos! y aún me parece recordar las caras de incredulidad de algunos hermanos cuando veían y escuchaban mi invento y es que siempre fui un poco el freaky de la familia. Desde luego aquello sonaba como tenía que sonar, a radio en banda de AM, ni graves ni agudos ni leches, pero menos daba una piedra...

Y empezaron a llegar los primeros discos, de los Beatles casi siempre, porque era fan absoluto y ya andaba por aquella época intentando sacar canciones de oído con la guitarra de mi hermano, pero fue precisamente esa creciente pasión por la guitarra la que precipitó el final de la protagonista de este relato. Porque mi sueño era una guitarra eléctrica, a ver si no, pero eso era un lujo en aquella época que muy pocos podían permitirse. O sea que empecé a investigar como "electrificar" la guitarra española de mi hermano, que ya era casi mía, porque él se había echado novia y andaba entretenido tocando otras cosas.

De mis devaneos con la electrónica ya sabía a ciencia cierta que necesitaba algún tipo de micro o fonocaptor para acoplarlo a la guitarra. El amplificador ya se imaginan cual era: la radio, claro. Estuve probando con las cápsulas de micrófonos rotos que encontraba por tiendas, talleres o mercadillos, pero no daban el resultado apetecido, necesitaba algo que pudiera acoplar directamente al puente de la guitarra para que recogiera sus vibraciones y transmitiera un buen nivel sonoro a la radio que tenía una potencia muy reducida como amplificador. Así que un día, jugueteando con un sencillo auricular de un transistor de radio, me puse a pensar y llegué a la evidencia de que no era más que un micro al revés: una membrana con una bobina eléctrica que traducía en sonido la corriente que le llegaba del transistor. Pues si lo conecto a la radio, pensé, traducirá en señal eléctrica los sonidos de la guitarra como un micrófono. Dicho y hecho, le soldé las clavijas necesarias en el minúsculo cablecillo que tenía y rebajé bien el auricular de plástico con una lima hasta dejarle la membrana visible y solo a unos milímetros para que tuviera buen contacto con la guitarra. Lo fijé al puente con plastilina, lo conecté a la Telefunken y ¡tachán!... aquello sonaba. ¡Ya tenía guitarra eléctrica!

Describir como sonaba exactamente me resulta difícil ahora; digamos que cualquier parecido con el sonido de una guitarra era pura coincidencia, pero tenía volumen que es lo que yo quería. Así que entre las risas y burlas de la familia, yo empecé a emular a George Harrison y a Eric Clapton... hasta que la cosa hizo crac. Efectivamente, los picos de sonido de la guitarra eran demasiado fuertes para el altavoz de la radio y literalmente se rajó; me la cargué, vaya.

Aquello no fue ningún tipo de drama familiar. La radio Telefunken ya era mía a todos los efectos porque solo yo la usaba y el fastidio fue para mi, que me quedé sin tocadiscos y sin ampli de guitarra. Intenté buscarle, sin éxito, un altavoz que le sirviera así que acabó arrumbada en el cuarto de los tiestos porque ya tenía en proyecto conseguir una guitarra eléctrica de verdad, pero eso es otra historia...

Al morir mi padre, hace ya más de 20 años, le dije a mi madre que quería conservar conmigo su vieja cámara Kodak y la radio Telefunken que tantos recuerdos guardaba para mí. Y aquí está desde entonces, en casa, testigo de una niñez bastante gris y desvaída y de una adolescencia marcada por la música de unos años irrepetibles y grabada a fuego en todas y cada una de las neuronas que aún me quedan.

Postpost (si se me permite el palabro): con este pequeño relato autobiográfico doy por finalizado el negocio del cultivo de perlas, que no están los tiempos para lujos. Estoy en trámites para empezar otra cosa, más centrada en la música... les mantendré informados.

 

40 años de la dama de Formentera

Migjorn - Formentera

foto de Isabel Ferrer bajo licencia Creative Commons Attribution-ShareAlike 2.0 Generic


Se cumplen este año cuatro décadas de la publicación de Islands, cuarto álbum del grupo británico King Crimson que pone el cierre a la primera etapa del grupo, la mejor sin duda para mi, y que estuvo marcada por la presencia de Peter Sinfield. Autor de todas las letras de esos cuatro álbumes, consiguió impregnarles el lirismo y la belleza que sus compañeros Robert Fripp, Greg Lake, Ian McDonald y otros aportaban por la parte musical. Una música que rompió muchos esquemas a propósito del rock y la calidad de los melenudos músicos que poblaban la escena de la época.

De Islands dicen algunos que no estaba a la altura de ese rock progresivo, rompedor y grandioso de In the court of the Crimson King, In the wake of Poseidon o Lizard que los convirtieron en el grupo más influyente de los 70. Puede ser, pero siempre fue uno de mis favoritos, no se si por las referencias mediterráneas o por la delicada belleza de su música, con menos guitarras eléctricas o melotrón y bastante más flautas y cuerdas en comparación con los tres primeros.

He querido traer aquí la canción que inaugura el disco, Formentera lady y la traducción de la letra de Peter Sinfield porque nos hablan de una isla, de una época y de unos sentimientos que no estoy muy seguro de que aún existan en alguna parte. Quizá solo en el corazón de los que éramos unos chavales por entonces.


Formentera Lady (Robert Fripp & Peter Sinfield)

Casas nevadas de cal guardan una pálida línea costera
flanqueda por chumberas y pinos
Deambulo por aquí donde dulce salvia y extrañas hierbas crecen
junto a la abrasada, arrugada y empedrada carretera.

Ruedas polvorientas, tumbadas, pudriéndose al sol;
muros de color tierra por donde corren lagartos españoles.
Me refresco aquí con un abanico de hojas de drago
rodeado de hormigas y meditando sobre el hombre.

Aflojaré mis viejas cuerdas mientras cae el sol
no voy a subir ningún sitio alto mientras el sol brille,
dama de Formentera, canta tu canción para mi
dama de Formentera, dulce amante.

Luz de farolas brilla sobre viejas guitarras que viajeros rasgan;
incienso, niños que bailan con un tambor indio.
Aquí Ulises sucumbió al encanto de la oscura Circe
aún persisten su perfume y sus conjuros.

La mano gris del tiempo no me cogerá mientras el sol cae
desátame y suéltame mentras brillen las estrellas,
dama de Formentera, canta tu canción para mi
dama de Formentera, oscura amante.

sincretismo pedagógico

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Dice la Wikipedia que "un sincretismo es un intento de conciliar doctrinas distintas. Comúnmente se entiende que estas uniones no guardan una coherencia sustancial. También se utiliza en alusión a la cultura o la religión para resaltar su carácter de fusión y asimilación de elementos diferentes".

De esto saben mucho las poblaciones indígenas americanas: para sobrevivir no tuvieron más remedio que asimilar el nuevo dios del hombre blanco e incorporaron inteligentemente a Jesucristo, su madre y todo el santoral a sus ritos y creencias. Rebautizaron sus dioses con nombres cristianos o colocaron las figuras de los nuevos santos en sus altares rituales, cambiarlo todo para que todo siga igual.

Aún pervive en algunos antiguos centros educativos la tradicional tarima que situaba al maestro literalmente por encima de sus alumnos, ambigüedades las justas. Han sobrevivido a obras y reformas, a dotaciones de mobiliario, a leyes educativas, a ministros, consejeros, delegados y directores. Han pasado el milenio con Internet y la telefonía móvil y aquí las tenemos aún, albergando los nuevos medios de la cultura digital sin que nada chirríe alrededor; nuevos santos pero el mismo ritual de siempre.

Por cierto que, recién estrenada como docente, esta joven profesora ya les está explicando a colegas con 10, 20 o 30 años más que ella como hay que cortar el bacalao en la enseñanza a partir de ahora...pero desde la tarima, como dios manda. En Finlandia nos ganarán por puntos, pero aquí damos espectáculo, ¿o no?

amal...esperanza

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Cuando fotografié a esta chiquita en la escuela rural Bou Nazzale (Tetuán) hace cuatro años, en una inolvidable visita de intercambio con colegas docentes marroquíes, apenas su cándida sonrisa y la alegre expectación despertada en la humilde escuelita por nuestra visita pudieron disipar los negros nubarrones que se ciernen sobre el futuro de una mujer rural en un país como el suyo. Si entonces tenía seis o siete años es muy posible que hoy se haya cumplido ya el triste presagio que nuestros colegas marroquíes nos avanzaban: a partir de los diez u once años, los padres dejan de mandar las niñas a la escuela porque no tienen letrinas y deben hacer sus necesidades en el campo, algo demasiado peligroso para la mentalidad del lugar.

Es tan surrealista como descorazonador: cientos, miles de niñas del ámbito rural deben abandonar su formación primaria básica porque el gobierno no construye letrinas y a partir de ese momento su destino y su desarrollo personal están condicionados por su hogar, sus costumbres, su religión y la estricta vigilancia masculina para que no saquen los pies del plato. Ya ven ustedes, aquí nos la cogemos con papel de fumar por tres décimas arriba o abajo en el ranking de PISA y a poco más de 30km al sur, cruzando el estrecho, una letrina es la que marca la diferencia entre el progreso y el fracaso escolar.

De ella, y de tantos otros niños y niñas cuyas ingenuas miradas e inocentes sonrisas nos cautivaron para siempre en las escuelas que visitamos en aquellos días, me he acordado a propósito de los vientos de cambio y revolución que corren por la zona. Mira por donde, de un pueblo como el árabe del que nada más se puede esperar fanatismo y miseria, según nos vienen machacando muchos desde el 11-S, y ahora nos están dando una lección de dignidad a toda la vieja Europa.

Ojalá que esa marea de indignación y hartazgo ante los déspotas corruptos que los han exprimido y oprimido durante décadas se convierta pronto en una vida en libertad y en dignidad, sobre todo para ellas, la auténtica esperanza de su pueblo.

¡Inch' Allâh!

 

Porque te has muerto para siempre...

Hoy el telediario confirma el macabro presagio: Enrique Morente se muere.

Con 68 años de edad, de experiencia, de arte, de búsqueda, de gusto por la heterodoxia y, sobre todo, de honestidad. Porque Enrique Morente no era otro flamenco más, otro cantaor de antologías o animador de saraos a porcentaje. Enrique Morente era un artista: nunca siguió caminos trillados y seguros, hizo camino al andar.

Por eso era tan odiado, o sea tan envidiado, por unos pocos nada más. Por los guardianes del sello de la pureza del cante que no le perdonaron que fuera diferente, que pusiera siempre la música, el sentimiento y el arte por encima de las normas no escritas de hasta donde debe llegar un cantaor de flamenco. Pues mire usted, pensaría él seguro, "hasta donde me salga del arma..."

Enrique Morente con Pat Metheny en una plaza de Granada

Y por eso era tan admirado fuera de este país de catetos y envidiosos. Por eso quisieron cantar o hacer música con él músicos como Leonard Cohen, Max Roach, Pat Metheny, Omar Faruk y tantos otros. Por eso grabó en 1996 con el grupo de rock granaíno Lagartija Nick, el disco Omega, considerado por la revista Rockdelux no solo el mejor disco español del año, sino el 4º mejor de los 90 y el 6º mejor del s.XX. Un cantaor granaíno metido en un estudio con unos tíos que hacían un rock muy  duro, versionando a un cantante canadiense llamado Leonard Cohen que cantaba en inglés a un poeta granaíno llamado Lorca. Si eso no es arte...

Hace solo unos meses, paseando por El Albaicín granadino con unos familiares, me sugirieron seguir andando un poco más hasta llegar junto a la casa de Enrique Morente. "Desde allí hay una vista de Granada preciosa", me insistía el familiar cicerone sabedor de mi gusto por la fotografía.

Y mientras hacía esta y otras tomas de esa imagen tan de postal, de ese icono universal miles, millones de veces reproducido pero que nunca deja de estremecerte cuando lo contemplas en directo, sentía muy cerca, justo en la última casa a mi derecha el inconfundible ruido de músicos ensayando. Se oían percusiones y bajos, guitarras y risas. Ya está ahí Morente "maquinando", pensaba yo, a saber en que anda metido ahora el tío. Porque Morente siempre andaba metido en algo, cuando no cantando con alguien siempre diferente y que nada tenía que ver con el flamenco era porque estaba componiendo: poniendo falsetas y quejíos a poemas de Machado, S. Juan de la Cruz, Al-Mutamid, Lorca, Alberti, Miguel Hernández...¡hasta a Lope de Vega le metió mano! Seguro que pensaba como Picasso: ¿inspiración? no sé que es, pero si viene que me pille trabajando.

Se nos ha ido uno de los buenos esta vez, maldita sea.

No se me ocurre mejor elegía en su memoria que la misma que Lorca escribió en su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías:

Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
 
No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.

el mito cumple 30 años

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¿Por qué nos empeñamos en mitificar a los muertos? Es difícil averiguar de donde viene esa pasión humana por magnificar las hazañas y gestas de una persona escondiendo sus miserias bajo la alfombra. Quizá una necesidad innata de ver la botella medio llena, algo que la vida, a menudo, no nos facilita. 

No sé, en cualquier caso el mito de John Lennon, a los 30 años de su estúpido asesinato (¿hay algún asesinato que no lo sea?) no para de crecer. Seguramente en estos tiempos que corren, en que los ricos siguen siendo tanto o más ricos que antes a costa de una gran mayoría de pobres que siguen siendo tanto o más pobres que nunca; en estos tiempos en que el egoísmo y la ignorancia siguen reinando en este planeta cuando nunca ha habido tanta información y tan accesible como ahora, necesitamos más que nunca de los mitos para agarrarnos a algo, para poder seguir pensando que es posible la paz y la convivencia entre tanta barbarie como vomitan cada día los informativos.

John Lennon fue un gran músico, un enorme músico en mi opinión. Con una voz de la que él mismo se avergonzaba y que le hacía siempre pedirle a George Martin que le añadiera un poco de reverb o de dub en la mezcla final, conseguía sin embargo transmitir de una forma sutil y efectiva los sentimientos que la canción inspiraba. No era más que otro joven guitarrista autodidacta como miles de su época pero consiguió romper las barreras formales del pop y el rock a la hora de componer, incorporando armonías exóticas y, sobre todo, experimentando con los sonidos y los rudimentarios equipos de grabación de los años 60 como nadie había hecho hasta entonces.

Y luego están sus letras, producto de la mente de un creador nato, de un espíritu sarcástico e incisivo que sacaba punta a todo lo que le rodeaba y que causó, también, mucho daño a su alrededor. John era un occidental típico: librepensador, cínico y brillante, pero con muy poco control emocional. Con Yoko comenzó a orientarse en el sentido más literal de la palabra. Sí, ella fue una de las fuerzas destructoras de The Beatles, pero creo que consiguió centrar poco a poco el alma atormentada de John, le aportó el control emocional propio de los orientales, la capacidad de distanciamiento de su meteórica carrera y lo vacunó contra el endiosamento en que tantos y tantas han acabado. En Woman podemos apreciar esto mejor que en ninguna otra canción:

And woman I will try to express
My inner feelings and thankfulness
For showing me the meaning of success

Pero por encima de Imagine, Give peace a chance y tantos otros himnos que han alimentado el mito de John Lennon activista, el luchador contra la guerra de Vietnam, yo me sigo quedando con el artista genial, el músico inquieto e innovador que brilla detrás de Tomorrow never knows, Stawberry fields forever, I am the walrus o Revolution... Es solo una pequeña obsesión personal por poner las cosas en contexto y aceptar a las personas tal como son o como fueron, no aguanto los pedestales ni los iconos.

Y para muestra un botón: And your bird can sing, una de mis canciones favoritas de John, sacada de ese maravilloso álbum llamado Revolver que revolucionó toda la música a partir de 1966.

 

Aldea Latinoamericana - Lo que Colón nunca sabrá

En un 12 de octubre de 1492 un aventurero loco y ambicioso comenzó una historia llena de sangre, gloria, miseria, mestizaje, opresión, dictadura, esclavitud, cultura...esperanza. Sin ellos, nuestro país no significaría hoy día mucho más que Serbia o Bulgaria en el contexto mundial. Nosotros somos ellos mucho más que lo que ellos tienen de nosotros.
Y por supuesto nos dieron a Neruda, al Che, a Messi, a Jobim, a Frida, a Vargas Llosa, a Chavela, a Benedetti, a Caetano, a Víctor Jara y la plata y el oro que levantaron un imperio: el Escorial, el palacio de Oriente, el Prado, el Archivo de Indias, la Armada Invencible...aunque esto, claro, nos lo llevamos sin pedirles permiso.
Todas las previsiones políticas y económicas apuntan a que Latinoamérica será el continente pujante del s.XXI, posiblemente minimizando el papel de una Europa cada vez más ensimismada, desunida y excluyente.
Más vale que andemos con cuidado, que igual dentro de 30 años los que hoy son nuestros camareros y nuestras cuidadoras de ancianos se convierten en empresarios que contratan a muchos españolitos emigrantes haciendo de nuevo la ruta de Colón, con otros humos, claro.

Réquiem para la mama chiquitita

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Me gusta pasear escuchando música con mi mp3 como a tantas personas. Y además me gusta ponerlo en modo shuffle porque me depara a veces sorpresas y placeres inesperados. Cuando llevas encima 8Gb de música es inevitable que de pronto salga una canción que no escuchabas desde hacía muchos años, que casi habías olvidado...aunque la buena música no se olvida jamás.

El otro día, cuando el sol ya había caido y la tarde-noche era apacible, serena, con el mar al lado como un espejo que reflejaba un cielo azul plomo con pinceladas rosas y anaranjadas, saltó de pronto en mi mp3 Gilberto Gil y su Requiem pra Mãe Menininha do Gantois, esa nana-elegía de una belleza indescriptible compuesta a la muerte de una persona que significó mucho para muchos.

La voz de Gil, musical como pocas, se supera en este caso a si misma. Sube y baja como un lamento a veces, como un aullido de rabia otras, se enmascara entre los violines o contribuye al ritmo con esa forma tan mágica, tan bahiana de cantar que es más bien un baile con el compás y la letra. Os aconsejo escucharla hasta la última nota mientras seguís la letra, una sentida elegía a una mujer popular y querida, iyalorixá o santera del candomblé de Gantois en Salvador de Bahía.

Seguro que entendéis por qué esa tarde un escalofrío recorrió mi espalda y la carne se me puso de gallina.

 

identidad digital

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Imagen mosaico creada con mis seguidores en Twitter gracias a Frint

¿Qué pasa con nuestra identidad en los mundos virtuales que habitamos cada vez con más frecuencia?

La identidad era, hasta ayer mismo y dentro del paradigma cultural occidental, un valor profundamente individual, una construcción mental que siempre se muestra como oposición al otro, a los otros. Una figura jurídica y legal, rodeada de derechos y deberes que es la misma base de nuestra civilización, radicalmente individualista.

Pero cada vez más, la aldea global que ya previó McLuhan hace 50 años, está configurando una nueva identidad construida en relación a los otros y muy dependiente de la tribu que habitamos, una identidad digital. Tú ya no eres solamente una idea subjetiva que se diferencia de los demás con un historial de vida y trabajo que plasmas en un C.V., eres también lo que Google, Facebook o Twitter dicen que tú eres. Y a la hora de seleccionar personal, las empresas tienen esto más claro que nadie.

¿Es esto malo o bueno? ¿Son siempre individuo y privacidad valores éticos y jurídicos superiores a lo público y conocido? ¿Estamos pasando de una era individualista con la privacidad como tabú a otra mucho más colectiva y de mayor promiscuidad en el movimiento pendular de la historia?

Bueno, en una aldea todos se conocen y nadie puede guardar secretos, la supervivencia se basa en ello. La impunidad y anonimato que pueden llegar a gozar muchos pedófilos, criminales en serie, expoliadores de los bienes ajenos o de la riqueza de la tierra que nos sustenta no tendría cabida en una aldea, no puede tenerla porque todos, aun siendo personas individuales y diferentes, comparten un alma común: todos van en el mismo barco y son, en esa hermosa metáfora de "Los lunes al sol", como hermanos siameses que cualquier daño que sufre uno afecta inmediatamente al otro.

Todas estas plagas de nuestra era son hijas del feroz individualismo y de la intocable privacidad, de la malinterpretación que nuestros estados y nuestras leyes han hecho de la idea de la libertad y los derechos humanos. ¿Os imagináis una civilización extraterrestre profundamente avanzada observándonos desde algún sitio? ¿Pero como pueden ser tan estúpidos, pensarían, de considerar como derechos algo tan inequívocamente destructivo como la acumulación de riqueza personal, usar armas de fuego o conducir coches de 300CV?

Quizá nuestra única esperanza de salvación esté en la tribu, en la aldea; en renunciar a un poco de nuestra individualidad y de nuestra privacidad en beneficio de la transparencia y lo común. Quizá haya que darle un buen repaso a todas las constituciones, leyes, estatutos y convenios colectivos para empezar a podar algunos inalienables derechos individuales y a hablar también, un poquito, de los derechos de la aldea.